Redacción | El Piñero
Loma Bonita, Oaxaca.– El caso de don Joel Quiñones se suma a la larga lista de historias que muestran la dura realidad que muchas personas enfrentan al llegar a la vejez. Historias marcadas por la soledad, el olvido y la lucha diaria por sobrevivir en un mundo que parece avanzar sin mirar atrás.
En Loma Bonita, como en gran parte del país, el abandono de los adultos mayores se ha convertido en una herida silenciosa dentro de la sociedad. Don Joel es el reflejo de esa realidad. En su juventud formó una familia, tuvo esposa e hijos, y con el sudor de su frente edificó su hogar en la calle Guanajuato, entre Puebla y Nayarit. Ahí levantó no sólo paredes, sino sueños y esperanzas de una vejez tranquila, rodeado de los suyos.
Pero la vida cambió. Con el tiempo quedó viudo y la diabetes, enfermedad crónica y devastadora, le arrebató la vista. Con ella se fue también su posibilidad de trabajar y valerse por sí mismo. Hoy vive en condiciones deplorables, no por falta de ganas, sino porque la ceguera le impide limpiar su vivienda, cuidar su entorno y frenar el avance de la maleza que poco a poco va consumiendo su pequeño espacio.
Su mayor preocupación llega con la lluvia. Cada tormenta significa angustia, porque el agua se filtra por toda su casita, mojando su cama y sus pocas pertenencias. Cuando el frío aparece, el aire entra sin compasión, calándole los huesos y recordándole su fragilidad. Su hogar ya no es un refugio seguro, sino un lugar donde resiste más por necesidad que por dignidad.
Don Joel sobrevive gracias a la bondad de algunas personas. Son los vecinos quienes, con un plato de comida, le regalan un poco de alivio. Él mismo relata que ha recibido más apoyo de amigos que de su propia familia. Con especial gratitud menciona a Omar Lara Palma, quien cada vez que lo ve no duda en tenderle la mano con un apoyo económico para que pueda comprar algo de alimento y seguir adelante.
En sus palabras no hay reproche, sólo una tristeza profunda que nace del olvido. Un olvido que duele más cuando viene de quienes alguna vez fueron su razón de vivir: su hija y du esposa fallecida Carmela.
En Loma Bonita existen muchos “Joeles”. Adultos mayores que, tras una vida de trabajo y sacrificio, llegan a la vejez solos, esperando que alguien recuerde que aún existen, que aún sienten, que aún necesitan. Para don Joel cada día es un reto: vivir sin ver, sin recursos y sin compañía cercana, pero con una dignidad que se niega a desaparecer.
Su historia no es sólo un relato de abandono, también es un llamado a la conciencia. Un recordatorio de que la vejez no debería ser sinónimo de soledad ni de miseria. Don Joel no pide lujos, no exige grandes cosas; sólo pide no ser olvidado, sólo pide vivir con un poco de dignidad y calor humano.






